Desnudas su alma...




Desnudas su alma

te adentras en ella

percibes sus ojos

y su suspirar.

Despacio te acercas,

quieres conquistarla

sutil coqueteo

la hace temblar.

Rendida a tu encanto

fluye entre tus brazos

saborea tus besos

tú absorbes su sal.

Desnudas su cuerpo

ebrio de fragancias,

tu boca la busca

bebes su humedad.

Miradas certeras

lenguas enlazadas

tu sexo en el suyo

su piel en tu mar.

La noche serena

estalla en el pecho...

desnudas su alma

se abraza a tu paz.



Quién sos?

Llego de trabajar, luego de una jornada complicada, con ganas de sentirte de nuevo en este preciso instante… pero ¡cierto! ya no estás… desde aquel día… hace casi un año…

Agrego leña al fuego del hogar y me detengo unos instantes a mirar cómo las lenguas doradas crujen y destellan rodeándome de un calor delicioso. Me quito los zapatos y me desplomo en el sillón, sin energía… Cierro los ojos y comienzo a relajar mi cuerpo cansado, desconectando mis pensamientos.

La lluvia crepita en el jardín y me hipnotiza de a poco, lluvia que oculta la luna llena que anoche ostentaba su cara redonda con total desparpajo. Oigo pasos que se acercan, pero mis músculos no responden. Mi razón tampoco. Creo que estaba esperando este momento... ¿Quién podrás ser? Mmmm… no importa… Podrías ser el vecino fornido, ese que cuando saca a pasear a los perros me saluda con tímida lascivia… o bien el vigilante de la calle, que se quita el sombrero cuando paso, o… -¿por qué no?- tal vez seas vos, que un día me dejaste muda de asombro por tu precipitada partida, prometiendo volver… Pero prefiero no saber… aunque bien podrías ser un perfecto ladrón…

Te acercás y percibo -sin mirarte- la sonrisa que dibuja tu boca. Te imagino quitándote el abrigo y arremangando tu camisa, sacándote los zapatos... Te oigo caminar sigilosamente hacia mí, envolviéndome en tu salvaje fragancia, y masajeás con lentitud mis hombros, mi cuello… Despejás mi cabello desgreñado… ¡qué bien se siente! Sonrío sin mirarte, agradecida… y dejo que mi cuerpo se deje modelar por la sutileza de tus manos.

Tus dedos desabotonan mi blusa en movimientos exageradamente lentos. Mi sonrisa se amplía y se humedece de deseo; un rubor espontáneo se apodera de toda mi piel. En pocos segundos siento cómo la seda de mi blusa se resbala a un costado, como si se alejara besándome... Lucho por quedarme quieta, sin embargo, mis células se han activado ante tu designio y no quiero perderme el momento que vendrá, completamente embriagada ya. Me abrazás desde atrás y me instás a incorporarme. No opongo resistencia, y me estremezco cuando desabrochás el sostén.

Acariciás mis pechos y trazás círculos con la punta de tu dedo: ahora mis pezones son como faros que se elevan en la oscuridad de la noche invernal, imponiendo su presencia y reclamando atención. Mis piernas apenas pueden sostenerme... los vahídos me arremeten sin piedad y el calor me atormenta de un modo atroz. ¡Uffff, sí… qué calor!

Te estoy sintiendo y no tengo miedo, aunque irrumpe en el silencio tu aullido brutal y descubro el reflejo del fuego en tus ojos profundos… Síiiiii!!! ya sé quién sos… Llegaste con la luna llena y aquí estás, mi hombre lobo, hoy serás mío… todo mío… ¿Mañana partirás…? No importa, porque hoy estás entre mis brazos… y no me importará esperar tu regreso dentro de cuatro lunas…

Tras el surco del horizonte,
los pájaros veraniegos
acompañan el renacer del nuevo día
aleteando... majestuosos...
De la noche sólo queda un recuerdo
de tus aullidos plañideros,
de tu llamada sensual,
invitación a una danza quimérica.
Hombre lobo, extirpé tus garras,
acaricié tu suave vello
y te volví mi amante...
te volví desvarío... pasión ciega...
Hombre lobo, conjunción animal
de calor y alto voltaje,
sé mi dueño cada noche
de luna llena, de luna eterna.

Esas manos

Solitaria reposa en su cama, fría de soledad y de caricias, resistiéndose al olvido del antiguo sabor de la pasión. Cierra los ojos; una a una van despertando las voces relegadas de su ardor, y va a su encuentro obedientemente. El calor la golpea, sin proponérselo; la toma desprevenida el chasquido del deseo y experimenta una repentina punzada en su vientre.

Viejos recuerdos la cercan como una tromba impiadosa, la agitan, la zarandean… le dan sosiego, la elevan, la transportan…

Sus manos se compadecen, haciendo ruborizar su piel de luna y provocando que su corazón se alboroce de repente. Su boca se entreabre, su respiración se excita, su mente se torna blanca… y sus sentidos claman ya por expresarse al unísono.

Esas manos acarician su propio cuerpo con suavidad y lentitud, miman sus piernas en sentido ascendente, pellizcan el botón urgente de sus senos, se detienen un instante en los rizos enmarañados de su pubis y… se atreven a explorar más allá, donde el néctar brota, caprichoso y persistente.

Oleadas de delicias suben y bajan acelerando el ritmo, buscando con su dedo el centro de aquella tormenta de fuego que se abulta y que explota y que la hace jadear..., perdida en la sabrosa nebulosa de su inconciencia. Y en ese punto el cuerpo se arquea, con una exhalación que reúne suspiro y ardiente lava.

La soledad desaparece por un instante… un dulce bienestar ocupa el espacio que ha invadido la tempestad, y cuando el volcán comienza a sosegar su calor, regresa la calma. La dama ostenta una bella sonrisa, al menos por unos minutos, dentro de su cautiva soledad…

Voyeur


“El humo te entraba por los ojos, te hacía arder la mirada, pero vos ni pestañeabas. Lo que mirabas era más importante, insoslayable, exultante para tu morbo…

Tu tremenda inmovilidad hacía que la ceniza del cigarrillo creciera uno, dos, tres milímetros más, peligrosamente suspendida; el filtro, pegado a tu comisura; las volutas de humo, impregnando tu ropa y tu pelo. Tus ojos llorosos, completamente perdidos en la imagen que te carcomió el cerebro durante largos días y que se convirtió en tu obsesión. Y en mi odio...

Mejor quedate así un rato más, así me das tiempo para apuntarte directo a la cabeza, no vaya a ser cosa que me quede con las ganas, que me quede con las ganas, con las ganas…”



Tras la ventana de enfrente, estaba ella. Una bata de voile traslúcido la cubría, pero rápidamente cayó al suelo y sus formas armoniosas quedaron al descubierto. Estaba sola, al lado de su enorme cama fría, con sus pechos turgentes, con su cabello renegrido suelto que le acariciaba los hombros, ignorante de que su belleza era contemplada y adorada a pocos metros. Totalmente ajena al conocimiento de que había sido espiada durante largas horas en su intimidad, por los ojos libidinosos de su vecino.

Lentamente puso música y encendió unas velas… ¿esperaba a su amante, quizá?... la cama fría pronto se tornaría tibia y luego caliente... o tal vez terminaría humeando como… humeando como... ¡pum! ¡pum! ¡pum!... como la cabeza del voyeur.

(Foto: Mehmet Ozgur)

Húmeda


Mi humedad te pertenece.
Vela al viento
surcando mares.
Tu mar, mi mar
enmudecidos de deseo
extasiados de placer...
Te hago mío y me haces tuya,
húmeda... deliro y gimo,
me desgarro y te acaricio...
Mi amor,
ven a mis brazos
entra en mi cuerpo
deshójame...
bebe mi humedad
hasta morir...

Mi geografía

Escala la cima
de mi pubis
trepa las laderas
de mi valle…
hazme tuya
de sur a norte
de bosque a llanura.
Anega mi río
tumultuoso de lujuria
y, cuando el cenit surja,
abrázame,
no me sueltes
ni un instante
en mi premura.
Espera…
que desagoten las fuentes
y que el pecho
retorne a sus canales,
abrazado a mi cintura.


Preludio

Siento cómo tus dedos hurgan entre mis cabellos, formando rizos y luego estirándolos hacia las puntas, sin prisas, mientras tu lengua juguetea dentro de mi boca. Tu lengua viva palpita en la agitación de la mía.


Tu cuerpo serpentea adherido a mí. Nuestras pieles arden en contacto… se erizan mis pezones en esa fusión. Te estremeces, me estremezco…


Y palpo tu forma enhiesta que presiona mi pierna, dejando una huella y un hilo de humedad, que desciende y la acaricia hasta llegar a mi pie.

Deseo


Se enturbia la mirada
presa del deseo
piel con piel desnuda
me besas
me amas
te amo
te beso.
Tu lengua de miel
se pierde en mis curvas
se roba mi aliento
nubla los sentidos
tú mueres
yo muero
y estallo en tu boca
para renacer,
eternos…


Café y canela

Solitaria me encuentro, hilvanando pensamientos perdidos que, inútilmente, he decidido dejar atrás. Pensamientos que vuelven una y otra vez, envolviéndome con sutileza y melancolía.

Es en ese momento que encuentro la agenda telefónica que había extraviado hace unos días. ¡Me había vuelto loca buscándola! Tengo que llamar urgentemente a un cerrajero, y allí lo busco.

Mientras mis dedos recorren las páginas con avidez, mi índice se detiene casualmente sobre tu nombre. Mi corazón comienza a palpitar exacerbado, entiendo que por el estado de sensual somnolencia en que me encuentro… entonces los recuerdos me invaden.

Recuerdo cuando todos los días nuestras miradas se cruzaban en la terminal de ómnibus. La tuya no era una mirada cualquiera, sino voraz… que me hacía bajar los ojos tímidamente. Subíamos al mismo colectivo cada tarde, con nuestros respectivos uniformes de trabajo, emanando una embriagadora loción corporal, única, intensa…

Recuerdo aquel día en que ascendiste primero y te ubicaste en un asiento del lado del pasillo. Yo subí varios pasajeros después y me dirigía hacia el fondo del coche, cuando al pasar a tu lado me tomaste con fuerza de la pantorrilla… sólo la sujetaste unos instantes, los suficientes para invitarme a un contacto mayor e imponerme tu osadía.

Mi rubor fue repentino y suficiente para que supiera que tú mandabas… casi sigo de largo… sin embargo me atreví a sentarme a tu lado turbadamente, mirando por la ventanilla hacia la calle para aplacar mi acelerado corazón que retumbaba confundido e intrigado.

No despegabas tus ojos de mí, me hacías sudar de vergüenza y de placer contenido, hasta que iniciaste una banal conversación. De a poco me fui soltando y hablamos de nuestros trabajos, de dónde vivíamos. Cerca, por supuesto… aunque tú siempre bajabas antes del ómnibus. Yo conocía tu itinerario pero tú no sabías el mío, por eso debió haber sido que deslizaste un pequeño papel con tu número telefónico entre mis cosas, que descubrí días después.

Quedamos en compartir algún café con canela, o una gaseosa, para conocernos más, encuentro que aún no hemos podido concretar. Me destinaron a otra sección de la empresa, y mi recorrido ha cambiado. Ya no te volví a cruzar en el colectivo, sin embargo hallé una semana más tarde el papel arrugado donde habías escrito tu teléfono. Tu número y tu nombre: Marcela.

Ahora que leo tus datos en mi agenda –que transcribí luego yo misma- titubeo acerca de si llamarte o no… Todo aquello implícito en nuestras miradas quedó flotando como una nube incorpórea, plagada de deseo por lo prohibido. Yo, la hipnotizadora de hombres, dejándome hipnotizar por una mujer… no entra en mi razón.

Empero, algo más fuerte que mi juicio me empuja y cojo el teléfono… una oleada de excitación comienza a recorrerme y te llamo. Sé que a estas horas estás en tu casa, y sé que vives sola… mis dedos comienzan a discar tu número…

No sé cómo llegamos aquí ni en qué circunstancias. Sólo sé que me siento cómoda a tu lado, conversando como viejas amigas, hablándote de mi ruptura con mi novio, sintiendo la comprensión en tu mirada ante cada palabra mía. Terminamos el exquisito café con canela, ese café prometido… que promete aún más…

Tampoco sé en qué momento accedí a ir a tu departamento, pero aquí estoy, totalmente relajada en tu compañía. Me siento plenamente a gusto conmigo y contigo. Sólo pienso en este instante mágico, nada más… Colocas en tu reproductor de música un blues sensual que evapora de mi mente toda idea superflua.

Con total naturalidad nos abrazamos. Mi aliento roza tu oreja y te estremeces. Nos miramos a los ojos sólo por un segundo, y el delirio se hace presente magnificado y potenciado por el aroma embriagador de nuestras feromonas… Me gusta besarte, anclar mi lengua en la tuya, degustarte así… fusionando tu gusto a café con mi sabor a canela.

Me desconozco, Marcela… pero no quiero pensar en nada salvo en ti, en la dulzura de tu miel interior, que brota inundando mi boca y mi rostro entero con verdadero deseo. Me gustas y sé que te gusto. Me catas y me instas a catarte. Pruebo tu sexo y siento que muero de placer, creo que jamás me cansaré de hurgar entre tus pliegues y de hacerte estallar en mil pedazos, maravillándome ante tu cuerpo arqueado y satisfecho, acompañado por mis propias curvas.

Adoro lamer tus pechos… adoro que tú también lo hagas, y que me comas el universo húmedo que se despliega como fruta madura ante tu lengua insaciable y traviesa.

Una experiencia fantástica e innovadora que he disfrutado, ¡no te imaginas cuánto, Marcela! Aunque... ¿sólo ha sido un sueño? Ohhhh!!! Pues entonces no quiero despertar...

Para D.

Visita inesperada


Te espero en la habitación del hotel. Tu vuelo ha sido puntual y llegas con tus maletas a esta hermosa ciudad, sin saber que yo estoy allí, con mis sensaciones a punto de despertar y mi corazón galopante por tu inminente arribo.

Abres la puerta y me encuentras tendida sobre la enorme cama, vistiendo un diminuto bikini, a la espera de tu compañía para ir a la playa en esta primavera calurosa.

Tu cara de cansancio se disipa al instante y te acercas, gateando, hacia mí… Me miras fijamente a los ojos y me besas, jalando de mis cabellos... te quitas la ropa y buscas la crema hidratante. “Quiero cuidar tu piel del sol”, me dices y comienzas a extenderla sobre mi cuello, mis hombros, mi vientre… Al llegar a mis piernas, tus dedos se distraen por un instante y buscan mi pubis, que ha comenzado a humedecerse.

Tirito conteniendo el placer que se avecina, pero aún no quiero que hurgues allí… aún falta que extiendas la loción por mi espalda, y me tumbo. Tus manos expertas me acarician mientras hidratan mi piel, y yo siento cómo se endurece tu miembro apoyado sobre mi trasero.

Me quitas el bikini con delicadeza, y nuestras bocas se buscan. Están sedientas y deseosas de compartir el placer. Ya no nos alcanza enlazar nuestras lenguas y bebernos con ansias… queremos prodigarnos placer mutuo y rendirnos al poder de Eros, presente en cada uno de los poros de nuestra piel.

Alivio la presión de tu pantalón y acaricio tu suave miembro, enorme, sabroso, cuyas venas parecen a punto de estallar. ¡Qué bien se siente! Y tú, con los ojos cerrados, saboreando el placer que te provoco, me dejas actuar. Vuelves a besarme y siento tu sabor en mi boca, siento deseos de no soltarte jamás, sin embargo, mi cuerpo pide lo suyo también… y actúas, no me decepcionas.

Mis pezones tiritan, presos de tus labios, mi vientre se arquea, a punto de llegar al orgasmo… y tus dedos me acarician sin darme tregua. Cabalgo sobre ti como una amazona desesperada y estallo en el momento en que me penetras…

Hemos perdido la noción del tiempo y del espacio… ya el sol se oculta tras la línea del mar, no habrá tiempo de ir a la playa, pero yacemos satisfechos, mirando el crepúsculo abrazados, intentando recuperar el aliento para volver a amarnos una vez más…

(Dedicado a Cid Campeador)

Dónde estás?

¿Estás ahí...?

Sí, siempre estuviste ahí...

Ahí donde moran los deseos más ocultos, las sensaciones más profundas que conmueven mi piel y mi espíritu.

Ahí en el centro de mi carne, donde se producen los estremecimientos más inenarrables y placenteros, donde podemos reunirnos y ser uno solo... sólo allí...

Ayer sólo eras un pensamiento... hoy eres más real, y te acercas lentamente hacia mí, reptando por la oscuridad y adentrándote en mi piel. Te sumerges en lo más interno de mi mundo, me invades lentamente... me dejo invadir... y disfruto de tu presencia.

Ayer te hacía el amor en otra dimensión, te miraba en otros ojos, te palpaba en otro cuerpo, te sentía... tan cerca y tan lejos, quemando mis dedos y mi mente.

Hoy estás aquí, bullendo en mi interior y apoderándote de mi intensidad de mujer, de mi fuego, de mi loca pasión...

Estás en mí. Y no te dejaré escapar... eres mi sueño.

Insaciable

Hoy déjame a mí... seré yo quien convierta en realidad tus deseos más íntimos...

No pienses, no actúes, sólo permíteme incursionar en tus pliegues, en tus aromas, en tus sabores. Seré exclusivamente tuya, y no te arrepentirás de haberme cedido el control.

Beberé cada gota de tu aliento, exploraré cada milímetro de tu piel con mi lengua, con mis dedos. Siénteme, así... ya lo vas experimentando?

Haré honor a tus sentidos, te llevaré a un mundo de desvarío del que no querrás jamás renunciar... y cumpliré... ya lo estás sintiendo, verdad?

Pues a mí me halaga que me dejes convertirme en tu geisha, sólo tuya, para que me disfrutes y grites de placer como jamás antes lo habías hecho. Porque tu placer es mi placer... te bebo, te exprimo, te succiono hasta dejarte casi exánime, y me pides más.

Porque yo te he convertido en insaciable... no lo sabías?

Noche lluviosa

¿Dónde estás, amor mío? Busco a tientas en la oscuridad de esta noche lluviosa y sólo hallo sombras… sombras que lo único que hacen es profundizar mi soledad y mi desdicha. Necesito capturarte entre mis brazos, necesito que me acojas entre los tuyos y me transportes hacia esos momentos placenteros donde supimos estar inmersos… en un ayer no tan lejano… ¿sólo pasó un día...?

¿Te acuerdas de anoche, cuando volvíamos de estudiar, saltando charcos porque había llovido torrencialmente? Nuestras risas se mezclaban con el agua enlodada que salpicaba nuestras ropas… nos habíamos ensuciado tanto que no parábamos de reír… la ropa se nos adhería al cuerpo, húmeda, pegajosa, resaltando mis formas impúdicamente… Me mirabas con amor, con avidez, con ternura… veía tu deseo y tu cerviz sudorosa que me invitaban a mojarme más y más…

Ya estábamos en un estado lamentable –las miradas de los transeúntes nos aseguraban que era así, sin dudarlo-, pero no nos importaba… nos amábamos y nos amaríamos siempre (fue una promesa, ¿lo recuerdas?).

Yo había comenzado a estremecerme de frío, y tú quisiste cubrir mis hombros con tu suéter empapado, y no paramos de reírnos, más, y más… nos frenamos en seco en un callejón oscuro y nos besamos. Me comiste la boca, literalmente… te la comiste toda, me dejaste sin aliento, con el sabor de tu lengua entremezclado con el mío... y con el deseo a flor de piel, con mi ropa mojada, tiritando de deseo y de frío… deseo que dejamos pendiente para el día siguiente. Y aquí estoy esperándote... me punzan las ganas...

Ven ya mismo, mi amor… te amo, te deseo, te necesito… completemos el siguiente capítulo… y el próximo… y el siguiente también… terminemos el libro juntos. ¿Tú me necesitas, amor?



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Un regalo para Rebecca

Hazme tuyo


Apasionada Rebecca mía,
soy tu vasallo, tu fiel servidor,
mujer que desatas en mi locura
los secretos más inconfesables,
los ardientes deseos más apasionados.
Hazme tuyo, por una vez,
déjame beber de tu dulce miel
enloquéceme con tus devaneos,
con tu sensualidad, con tu palpitar de mujer,
pues en mis sueños estás...
lubricando mis sentidos,
trastornando mi piel
imagino tus besos de fuego,
un torrente de caricias,
un loco deseo... de recorrer tus curvas,
tu destello... tu alma... tu ser.
Regálame tu trono,
siénteme en tu interior,
hazme el amor, Rebecca mía
una y otra vez...
seductora, ardiente, golosamente
en tu fuego me quiero perder.


Muchas gracias por el poema, Erotikus. ¡Gran honor me has hecho!

Bocados de pasión

Esa mañana Celeste se dirigió al supermercado más grande de su ciudad, donde sabía que encontraría la variedad de elementos que necesitaba. Hizo una larga recorrida por los pasillos, con total tranquilidad, mientras seleccionaba cuidadosamente todo lo que formaría parte de esa velada especial. Era su primer aniversario de bodas.

Se había vestido y maquillado sensualmente, ya que quería prepararse por completo desde el inicio del día, sin dejar detalles librados al azar y haciendo partícipe a cada uno de los poros de su piel… todo debía resultar perfecto, y su disposición y su ánimo acompañaban cada movimiento.

Una vez de regreso, inició el mágico ritual…


Celeste era muy buena en la cocina, mas en esa ocasión se luciría como nunca desgajando frutas, batiendo masa dulce y salada, machacando almendras, desmenuzando ingredientes de enigmáticos olores y sabores, decorando y ambientando el lugar. Pero especialmente disfrutando de cada minúsculo pormenor.

Tomó un prolongado baño de burbujas, impregnó su piel con aceite de rosas, coloreó sus uñas de carmín y sus labios, de fresa rutilante. Y calzó sus tacos rojos.

Julio se sorprendió al llegar, pues las luces no estaban encendidas. Extrañado, apoyó el ramo de rosas que traía sobre una mesa y llamó a Celeste. Estaría quizás haciendo alguna compra pequeña, no tardaría en volver…

Llegó al comedor atraído por agradables aromas entremezclados y allí la encontró. La mínima llama de las velas apenas alcanzaba para distinguir los detalles, y pronto él adaptó su visión a la estancia en penumbras.

Sobre la mesa, extendida en toda su largura estaba ella. Si no hubiera sido por los triángulos de jamón y ananá que revestían sus pezones… si no hubiera sido por las frutillas almibaradas que palpitaban golosas sobre su ombligo… o por las trufas de almendra y miel que formaban un corazón sobre su pubis… o por los atrevidos bocaditos de roquefort que mimaban su vientre y su escote… si no hubiera sido por el bermellón de sus zapatos… hubiera podido decir que estaba totalmente desnuda. Y con un brillo felino en la mirada.

Él completó la decoración trayendo las rosas y acariciándola con ternura, buscó su boca húmeda, que se abría como pétalos sensuales para su hombre. Su lengua no podía ser más exquisita…

Con la botella de champagne que goteaba sudorosa entre los cubos de hielo y que acababa de descorchar, Julio regó sutilmente los pocos centímetros de piel que quedaban descubiertos… la noche recién comenzaba y le hicieron los honores, bebiendo y comiendo juntos de esa bandeja inolvidable de goce y de pasión.


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La película

Yo te vi, desgraciado... te vi cómo la acariciabas.
Me detuve un momento, asombrada... quise gritarte pero lo pensé mejor y decidí quedarme muy quieta contemplando lo que le hacías a esa mujer. ¡Cabrón de porquería! ¿Cómo te atreviste?

Mmmmm.... y ella parece disfrutar. Ay, nooo, no lo puedo creer! La estás besando como hacías conmigo, pasándole la lengua como si fueras un perrito bebiendo su leche. Y yo aquí mirando todo en detalle.

Pero ahora le estás acariciando los pezones! Ufffff... se le están poniendo duritos, se le notan a través de la blusa. Pero si no trae sostén la maldita! Mala mujer! ¿Cómo se atreve?

Me estoy conteniendo de ir a abofetearlos... pero no. Prefiero quedarme observando. Después de todo, me gusta, me excita. ¡Le estás quitando la blusa! Es desesperante, cómo lo haces tan lento? A mí me desesperabas cuando lo hacías así, pero parece que a ella... le gusta. Claro, con esa cara de puta mal hecha! qué va a hacer sino...!

Y ahora imagino lo que se viene... le vas a meter la lengua, los dedos... desgraciado cochino! Ay, pero no... ella te avanza ahora. Sacó algo del bolsillo, que no alcanzo a ver.... Mmmmm, me acerco otro poco, no quiero que me descubran. Pero no veo nada todavía... qué es? supongo que un preservativo. Claro, tiene miedo de que estés apestado, puerco miserable! Seguro que estás apestado, no es cierto? Y después me piensas contagiar tus chancros y tus ladillas! Ay, pobre de mí!

Grrrrrrr, estoy a punto de explotar! Una mezcla de bronca y deseo contenido. Una ensalada de excitación y furia... ya vas a ver cuando te tenga para mí sola... no te asombres de lo que te pueda suceder, más ahora que la estás dejando que te masturbe. Puta y reputa, que se roba lo que es mío...

No puedo seguir mirándolos... debo correr urgente a un sanitario. Me acabo de mojar mis bragas, no tengo que mirar películas condicionadas. No escarmiento más...

La muerte de Rebecca


Tendida en la cama, yacía Rebecca, como hacía ya tiempo, sola...

Mientras, las horas se sucedían con lentitud. Una maraña de pensamientos furtivos la acosaba... aquellos besos de miel, que habían quedado grabados a fuego... aquellas caricias, que incendiaban su piel... aquel sudor que parecía inagotable, que se expandía por todo su cuerpo...

Su sexo otrora húmedo había derramado la última gota en el lago de la tristeza y la desilusión. Ya nada quedaba de ese fuego intenso que la había hecho gritar de placer... sólo hipos angustiosos y lágrimas escarchadas. Sólo recuerdos desdibujados, remembranzas heridas... cantos de pájaros moribundos...

Rebecca no despertó esta mañana. La encontraron tendida entre sábanas mustias y arrugadas, completamente desnuda, con una copa vacía a su lado... con velas consumidas hasta la base... su mueca de tristeza quedó con ella, que ya nadie pudo quitarle.

Poseída

Estoy sentada frente al ordenador, totalmente desnuda… ya sé, no estaba así hace un rato, pero decidí hacerlo de este modo ya que el calor que siento es excesivo.

No he podido dejar de pensar en ti, y en todas las promesas inconclusas, esos momentos que quedaron suspendidos en el aire de nuestros pensamientos.

Esperé largamente tu llamado. Estuve mucho tiempo conectada, impaciente, para tener comunicación contigo, fumando un cigarro tras otro…

Y me has recompensado. Aquí llegas… me encuentras en este estado de pleno calor voluptuoso, con mi entrepierna húmeda de tanto pensar en ti y no lo dudas ni un instante.

Untas tus dedos con mi néctar y los saboreas con los ojos cerrados. “¡Delicioso!”, me dices… la locura ya se apodera de ti y me tomas en brazos con tus labios prendidos de mi pezón.

Ufff, qué calor hace aquí! La noche promete, acaba de comenzar a caer un leve rocío sobre la hierba del jardín, pero no me importa. Sobre el césped depositas mi cuerpo y comienzas a amarme, a besarme, a poseerme de un modo felino, así como a mí me gusta, haciéndome enardecer aún más.

El rocío comienza a tornarse llovizna… es lo único que podrá aplacar el fuego de mi hoguera, pero sólo después de dar rienda suelta a mis sentidos, embriagada totalmente de ti, llena del poder de tu falo henchido y deseado, que supo poseerme una vez más…


La nueva cortesana



En el palacio persa del Gran Daray se celebraría una fastuosa fiesta de máscaras, a la cual acudirían las doncellas más bellas del reino, con el objeto de elegir a su próxima cortesana.

Todas las muchachas del pueblo se habían engalanado con sus mejores prendas y utilizando una máscara para ocultar su identidad, intentarían despertar la lujuria del rey, famoso por ser considerado insaciable sexualmente. Utilizarían las mejores armas de seducción de que fueran capaces, pues la competencia era feroz entre ellas, y sólo una sería la premiada.

Bajo los ricos vestidos que las cubrían, había algunas sorpresas preparadas… Jazmín había tatuado su entrepierna con una serpiente dorada… Azul había adherido bellas mariposas de color sobre sus ardientes senos… Surena tenía un cinturón de cadenas que tintineaban a su paso… Cloe llevaba atado a la pierna un par de pañuelos de seda…

Al iniciarse la velada, todos comieron los manjares que se les ofrecían y bebieron copiosamente hasta perder noción del tiempo y del espacio, pero no del objetivo principal. El Gran Daray quitaba lentamente, uno a uno los velos que cubrían los cuerpos de las sensuales muchachas… al llegar a las mariposas de Azul, las arrancó con los dientes, dejando al descubierto una areola rosada, totalmente apetecible para cualquier lengua, y decidió probar su sabor rodeándola muy despaciosamente, untando sus pezones con miel de sus propios panales, absorbiéndolos, degustándolos… pero luego de unos minutos, decidió que no eran de su agrado… y se volcó a la siguiente ninfa.

Atraído por el sonido de las cadenas de Surena, se acercó a ella y las quitó con fuerza, lamiendo con ansiedad su ombligo y su vientre liso. Sin embargo, los perfumes y aceites con que ella se había impregnado no satisfacían su olfato… y desechó su compañía.

A continuación, hechizado por la serpiente dorada de Jazmín, se acercó a ella y circundó con su lengua la vulva rosada y jugosa que se abría como una fruta desgajada y plena de sabores, bebiendo de las mieles dulces de su cáliz, catando su sabor salvaje femenino… pero éste no fue suficiente para él, y sin titubeos, la hizo a un lado también.

Temiendo ser descartada también, Cloe quitó sus prendas con lentitud, desató sus pañuelos y se acercó atrevidamente al Gran Daray, rodeando su cuello por detrás con sus sedas. Bailaba sensualmente al ritmo de las melodías del palacio y giraba en torno de su señor, moviendo sus caderas y exhibiendo su cuerpo armonioso.

Pasó su lengua por el lóbulo de la oreja del rey, bajó por su cuello… marcando un camino húmedo en ese recorrido, luego continuó jugueteando con su lengua por la boca experimentada de su señor, y ató por detrás las manos del rey con sus pañuelos de seda… El no opuso resistencia, estaba embelesado por la seducción de que era objeto, y comenzó a sentir los placeres que la joven le prodigaba.

Cloe quitó las prendas inferiores del rey y lamió su bálano y sus testículos a pleno, masajeando al mismo tiempo sus nalgas, arañando su espalda, provocándole las mayores delicias en su cuerpo, mientras los demás concurrentes la miraban excitados.
Lo absorbió hasta que lo trastornó.

Ya todos sabían quién había sido la vencedora, la que sería elegida como nueva cortesana del reino, esa mujer caliente que no dudó en desatar la lujuria entre todos los presentes y en su propio rey, que ya en ese momento había perdido el dominio de sí y bañaba su rostro con su abundante esperma… tras el tremendo orgasmo que había tenido, a la vista de todos.


Con una mirada triunfal, Cloe se quedó con el Gran Daray a pasar el resto de la noche en sus aposentos, esperando continuar lubricando los sentidos de su señor…


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Junto al mar

Esta noche junto al mar me acordé de ti...

Caminaba por las arenas blancas y húmedas, marcando mis huellas, dejando volar mi imaginación... recordé ese anochecer cuando me hiciste tuya bajo las palmeras, a la bella luz de la luna que acababa de asomar, riéndose cómplice de nuestros movimientos.

El cielo azulado nos acompañaba en ese vaivén de las olas, y tus manos me acariciaban al compás del canto lejano de los grillos... yo movía sensualmente mis caderas y tú me mirabas con los ojos inundados de pasión. Comenzaste a quitar mi bikini mientras me besabas. Tu lengua se había anudado a la mía, y había comenzado un recorrido voluptuoso que adormecía mi razón, lentamente... el lóbulo de mi oreja primero, el hueco de mi cuello luego, mi pezón después... me fueron poniendo en clima.

Pero -obviamente- no te bastó. Seguías recorriéndome con tu húmeda lengua en un ósculo sin final. Mi vientre se arqueó abriéndose para ti, yo separaba mis nalgas sobre la manta, derramando mi néctar, que goteaba lenta y sensualmente... te supiste abrir paso en un camino tan conocido ya por ti, sabiendo el efecto que me producías. No te dejé seguir... sabía que si te dejaba que me instaras al clímax, ya se me nublaría totalmente la razón y no podría brindarte un preludio yo también...

Así que me incorporé, interrumpiendo tus besos de fuego y te bebí con fruición... llené mi boca y mi lengua de tu dulce sabor... ayudé a que tu pene se hinchara hasta el sumum de lo deseado, y recién en esa instancia te permití volver a beber de mi propia miel...

Fue tal tu éxito en esta incursión que estallé a pleno, arqueándome totalmente y centrando mi fuego en mi vientre de ninfa ardorosa, niña que destella hambrienta cual mariposa deseosa de volar más lejos... mi orgasmo te dejó perplejo, y te acoplaste perfectamente a mis curvas, en una sinfonía de vaivenes, besos, jadeos... oh, mi amor! quiero más! más! más! más!!!!!...

Hasta que al fin, exhaustos de placer, nos abandonamos al relax merecido... quedamos satisfechos con la noche, con el cuerpo, con el sentimiento a flor de piel.



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